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El primer trabajo

Fue al final de mil novecientos cincuenta cuando logré entrar a trabajar como químico analista en una fábrica, el sueldo era raquítico pero era dinero al fin, tenía que hacer turnos, por lo que mi compromiso combinado con la escuela y el trabajo era incompatible, la escuela consumía todo el día y el trabajo a veces toda la noche o empalmaban, .mis horas de sueño se redujeron al mínimo y yo, físicamente insuficiente (pesaba cuarenta y ocho kilos) tenía que poder cumplir con ambos, el sueldo lo repartía daba algo a mi madre, por primera vez compré un libro y por primera vez tuve tres pantalones y tres camisas.

 

Por esta época se casó Ofelia, la preferida de mi padre, a quien como pude le compré un traje negro. A la boda asistieron nuestros amigos, entre ellos la directora de mi querida escuela de Tacubaya y el licenciado, su esposo, ese día olvidamos antiguas angustias y le hicimos a mi hermana lo que a mi me pareció una gran fiesta, hubo mole de guajolote, arroz, frijoles y bebida. Ofelia y Alfredo su esposo, hicieron un cuarto de madera en nuestro terreno mientras se establecían en algún lugar. La Navidad de ese año también fue alegre, pusimos un nacimiento, como ya teníamos luz eléctrica le pusimos foquitos de colores, nos parecía entrar a una nueva etapa, mas todavía ese año volvió a irse mi padre, a la buena de Dios, cuando escribía, a veces eran mensajes desalentadores no había trabajo, sus cartas venían de Tecate, Baja California.

 

Para mi, este era el último año de estudios y tenía temor a enfrentarme a las nuevas obligaciones que me esperaban, en esta época, la industria química en México era escasa, pobre e incipiente, algunas pequeñas empresas no podían soportar el servicio de un químico, las grandes tenían sus puestos disponibles prácticamente ocupados. Algunos de mis compañeros ya tenían una promesa de trabajo o un amigo que los recomendaría, yo carecía de esos recursos y del espíritu combativo para acometer la empresa que consiste en obtener empleo, estaba solo. Para obviar esta situación, estudié siempre para estar entre los mejores de mi grupo, me especialicé en la industria azucarera que sabía yo, tenía siempre disponibles puestos, tal vez porque esta industria , importante en ese tiempo, siempre estaba situada en regiones de clima caliente, muchas veces infernal, alejada de ciudades importantes, yo además, tenía alguna experiencia por mi trabajo actual. Sabía que si alguien me daba una oportunidad yo cumpliría con exceso, para demostrar mi disposición, sólo me faltaba estar presentable para cuando llegara el momento así que compré mi primer traje y camisa, no así corbatas que por alguna absurda razón tenía varias guardadas mi madre.

 

Un día de noviembre de mil novecientos cincuenta y dos renuncié a mi puesto de analista para preparar mis exámenes de fin de año, los últimos de mi carrera.

 
 

Como yo no trabajaba ya en ese momento, la situación volvió a ser angustiosa. Entonces en cuanto presenté mi último examen, fui al Monte de Piedad y empeñé un juego de plumas, creo que era fino porque me prestaron veintisiete pesos. En casa preparé mi ropa, me despedí de mi madre que con sus ojos llorosos me dio su bendición y un Dios te acompañe que conjuraban los peligros que me deparaba lo desconocido, yo estaba anímicamente peor pero decidido a la lucha que me correspondía librar. Esa tarde tomé un autobús a Xicoténcatl en Tamaulipas donde había un ingenio, me había dicho un amigo que ya había trabajado el año anterior, allí que aún no cubrían el puesto de químico. Sin decir agua va llegué al día siguiente avanzada la mañana y me presenté con el superintendente, un poco desconcertado me dijo que tendría que cancelar la contratación de otra persona y como yo ya estaba allí podía quedarme. Ese momento marcó el fin de una etapa de mi vida y el principio de otra, mi temor, más bien pánico a éste, se deshizo sobre mis espaldas y descansé y conocí la tranquilidad absoluta que no conocía. El trabajo era duro pero no difícil lo que no me importaba, así llego el día de quincena. Aquí el sueldo era mejor que en mi empleo anterior, entonces, aparté mis gastos que eran alimentación y lavado de ropa, no había diversiones en el lugar ni estaban en mis prioridades, otra parte la envié a mi madre y otra, con una larga carta la hice llegar a Tecate. Mi viejo ya no estaría nunca lejos de nosotros. Qué le decía en esa carta, no guardo memoria porque seguramente volqué todos mis afectos, toda la ternura que sentía por él. Ese día me volví hombre.

La Navidad y ese fin de año los pasé lejos de los míos en distancia, pero nunca tan cerca en afectos. La zafra duró algo más de tres meses, regresé a casa, vi a mi papá y le abracé largo rato su expresión melancólica los últimos años se iluminó, mi madre me abrazó con alegría y llorando dijo --! Bendito sea Dios hijo...¡.

 

A mi todavía me quedaba camino por recorrer antes de ser libre: debía titularme, mientras tenía que trabajar así que regresé a mi antiguo empleo, donde me recibieron con un modesto ascenso, allí empezó la primera etapa de mi vida profesional, Allí hice mi tesis para el examen profesional, en las dedicatorias escribí para mi padre: ...porque él me dio el sudor de muchas jornadas que encallecieron sus manos..., le di un ejemplar y un chispazo salió de sus ojos acuosos y me abrazó

 

Mi padre siempre madrugaba y se ponía a hacer algo en casa, ese día, cuando me retiraba a mi trabajo lo vi sentado en la cama y entré a despedirme, él tenía una tira larga de tela en cuyo extremo estaba atada una pequeña tabla delgada de madera a la que no presté atención, hasta que vi que tenía varias atadas a su vientre en distintos lugares y había un sitio donde seguramente faltaba la que tenía en la mano, porque tenía una protuberancia, ¡Eran las entrañas que querían escapársele!, dominando mi estupor me acerqué y le dije --Ya me voy…--, tomé su mano y la besé como lo había hecho toda la vida y salí rápidamente para reponerme del mazazo. Se había acabado en la lucha estoica silenciosa y desigual. Siempre quiso volver a trabajar, en casa escarbaba las plantas las podaba y las regaba, pero estaba inquieto esa actividad no era suficiente. Un día le compré unos pollos, alimento para aves y un bebedero para mantenerlo ocupado, no fue suficiente.

 

En este tiempo propuse a mis hermanos poner un taller mecánico industrial. El proyecto se llevó a cabo, como nosotros no podíamos atenderlo, le dimos a mi padre la tarea de abrir y cerrar el local. Se efectuó un milagro en su vida, con entusiasmo se levantaba a las cuatro de la mañana, llegaba al local a las siete, desayunaba en el mercado cercano y abría a las ocho aunque los operarios entraban hasta las nueve para él era una responsabilidad seria, como seria había sido en el pasado la responsabilidad para su familia. Del sueldo que recibía hizo algunas economías con las que compró un refrigerador para mi madre, y ropa para él. Desgraciadamente el negocio no prosperó y fue necesario cerrarlo.

 
 

Cuando tuve una posición más o menos desahogada lo llevé junto con mi madre y Oralia a su pueblo donde lo recibieron con alegría y respeto; había salido de su terruño como sesenta años antes, los parientes que le quedaban eran sobrinos, estos sobrinos, primos míos, eran para mi sorpresa unos ancianos. Se reunió alrededor lo que parecía un tribu, viejos, jóvenes y niños, llevaba regalos que no alcanzaron para todos, ellos mandaron cortar unas tunas para agasajarnos, vi a mi viejo al punto del llanto. Después de tres días fuimos a Santa Cruz, el pueblo de mi madre donde sólo le quedaba una pariente, que nos alojó, Todo el tiempo ella estuvo platicando con un primo que tenía como cien años y que había conocido a don Atanasio mi abuelo. Ellos disfrutaron creo , como nunca y yo sentí que estaba pagando la deuda que asumí hacía tanto tiempo, lo que me hacía feliz.

 

Todos fuimos dejando la casa paterna, el último que quedó fue Alfredo quién les acondicionó un departamento en la misma casa cuando se casó, para que se sintieran libres.

 

La visita a Jerécuaro y a Santa Cruz la hicimos otras veces, siempre fueron bien recibidos por sus parientes y fueron días de felicidad.

 

Al poco tiempo Alfredo vendió la casa para comprar una mejor situada y yo les busqué un lugar donde estuvieran, lo encontré. Estaba cerca de la casa de Oralia, limpio cómodo y modesto. Un día me llamaron al trabajo. Me recibió mi madre con:

--...estaba junto a la ventana, la ventana estaba abierta y le dió un aire, mira cómo le quedó la boca..--

allí estaba mi padre, sentado, no podía hablar, su mirada interrogante y triste me partió el corazón. Llevé al médico para que me diera un diagnóstico, me dijo que la deformación facial iba a ceder un poco con el tiempo y sus facultades mentales no se iban a recuperar por completo. Mi madre en un rincón era la imagen de la desesperanza. Con el tiempo se fue adaptando y aprendió a darle los cuidados que requería.

 

 

 

 

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Hemos traducido esta excelente refutación de la serie "Alienigenas Ancestrales" del History Channel.
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