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Nueva Casa

 

Estudié tenazmente mientras mi madre administraba el exiguo fruto de aquel sudor derramado en lejana tierra y pellizcando un poco a nuestra hambre y a nuestro vestido logró ahorrar ciento cincuenta pesos.

--Con los centavos que tengo ahorrados vamos a comprar un terrenito, con eso también nos ahorramos la renta........
-- dijo un día.

Le pregunté dónde estaban esos terrenos , me dijo que a un lado de La Villita, que valían cincuenta pesos o sea que con los ahorros y el favor de Dios alcanzaba para construir además un cuarto. El domingo siguiente fuimos a conocer los terrenos, estaban en un llano, no había calles, ni casas propiamente dichas, sólo uno que otro jacal de adobe techado con cartón, bueno, ni veredas había. No sé que pensaron mis hermanos pero yo sentí un profundo desaliento sabiendo que me faltaban ocho o nueve años para que pudiera aportar algo para aliviar la necesidad; sin embargo ese erial era nuestra única esperanza de redención. Se compraron dos terrenos, uno de ellos tenía los cuatro muros de un cuarto y estaba sin techo, se compraron láminas y Javier, Alfredo y yo lo techamos. Era otra vez espacio nuestro, cavamos un pozo para obtener agua que aunque era salitrosa servía para lavar algunos utensilios, hicimos un fosa séptica. Después de todo, desde la aventura celayense no habíamos tenido tantas comodidades.

 

El agua para beber, cocinar, lavar ropa y bañarse, estaba a unos quinientos metros, su acarreo nos correspondía a los varones, los autobuses paraban a la misma distancia. Cuando llegaron las lluvias tuvimos la experiencia que de no ser tan trágica serviría de trama a una película cómica, aquello era un lodazal, cuando uno caminaba tenía que asir el zapato, de otra manera se quedaba pegado al lodo y cuando salía de éste, la suela y el tacón traían una capa de barro de tres centímetros de espesor.

 
 

En casa tuvimos conejos que alimentábamos con alfalfa que tomábamos de un campo vecino. Un día quise hacer un negocio vendiéndolos para uso de laboratorio a mis compañeras de bioquímica. Llevé uno de mis animalitos y lo vendí a una amiga quien me platicó en que consistía la práctica de ese día, se me arrugó el alma y preferí llevármelo de regreso a casa. Un día después, en la noche, mi mamá me sirvió un guiso que era una carne enchilada cocida al vapor, .mientras me dirigía una mirada que no pude descifrar de momento, pero que no tardé en darme cuenta ¡era mi conejo! Con desaliento y frustración, lentamente empecé a comer. No se si fue el sabor o el olor del laurel y otras hierbas pues poco a poco se fueron desvaneciendo mis remordimientos, --¿y la piel?….. la voy a curtir-- dije a mamá con suficiencia. Me la señaló, estaba en la basura. La saqué del bote, la sacudí para quitarle la basura y en una tabla la estire y la clavé dejándola lista para mi técnica de curtido. Haciendo un sacrificio compré los elementos que necesitaba, hice mis mezclas y las apliqué a la piel, el proceso exigía cuatro días así que esperé el término que creo no fue suficiente quizá por la raza del animal, pensaba. A los quince días decidí suspender el proceso y desclavé la piel. Su textura me pareció la de un buñuelo sin miel. Estaba completamente tiesa, mi mamá se hacía disimulada rondando por allí. Saqué mi piel y la tiré lejos para poder olvidar el incidente.

 
 Nuestra situación siempre la tomé estoicamente, así era el mundo, nunca envidié a nadie ni culpé a otros de ella, solo sabía que no me gustaba y que la única salida era estudiar, estudiar, estudiar. Tenía una beca de doce pesos mensuales y diez y seis años
 

Mi padre regresó en el cuarenta y cinco, nos dio mucho gusto, creo que también a él, le volví a oír silbar sus viejas tonadas y cantar en voz baja sus chistosos estribillos:

 

Si Carranza volviera a este mundo
y lo hicieran otra vez general,
aseguro que no quedaría
en la tierra ningún animal.

 Para quienes no lo recuerdan o no lo saben, los carrancistas llegaban a los pueblos, los saqueaban y se llevaban no sólo los caballos sino las vacas y hasta las gallinas.

 

 A finales del cuarenta y siete empezó otra vez el tronar de dedos, los gastos de escuela eran más fuertes, yo entraba a la facultad. Desde la época en que vivíamos en Celaya decía que iba a estudiar química, este deseo se fue arraigando en la secundaria y después en la preparatoria, así que me inscribí para la carrera de ingeniería química, para entonces, mi esfuerzo había sido máximo y faltaba lo más difícil en la familia, soportar los gastos, todos mis hermanos estudiaban.

 

Decidí sostenerme por mi mismo, con otro amigo hice trabajos de carpintería, diseñé unas gradillas para tubos de ensayo y un anaquel para los reactivos de laboratorio que vendía a mis compañeros y como la escuela estaba en Tacuba, tenía que tomar dos autobuses, pero si caminaba unos tres kilómetros podía ahorrar un pasaje, esto lo hacía con mi carga de gradillas, igual que los comerciantes de la Merced hacían con sus huacales o gallinas. Las clases duraban todo el día, yo no iba a comer a casa para economizar, después hice dibujos hasta casi enceguecer, era el último jalón y había que hacer un poder, decía mi madre.

 

En mil novecientos cuarenta y ocho, aprovechando una oferta del gobierno de los Estados Unidos a mano de obra mexicana, se enganchó nuevamente mi padre.

 

Todo el tiempo que había transcurrido desde que nos mudamos a este lugar fue de ahorro, mi mamá se sacrificó sin lamentaciones ni quejas y con esas economías fue fincando no sólo una familia sólida sino los muros de nuestro hogar, con un valor y fortaleza dignos de ser ponderados. Teníamos ya dos cuartos que construyó como Dios manda, mi tío Cleto esposo de mi tía Severina, la hermana más querida de mi madre, luego mis hermanos y yo hicimos adobes y construimos una cocina como Dios nos dio a entender, y un sanitario que cubrimos con láminas. Ya estábamos rodeados de todas las modernas comodidades.

 La relación con mi padre era como lo fue siempre, escasa y seca, sin embargo, yo sentía que era por su ignorancia, no tenía arma para vencer su feroz introversión; pero yo creía adivinar algunos chispazos de luz que escapaban de su interior por alguna rendija de su expresión en una mirada o un gesto. Cada uno de nosotros tenía sus pertenencias personales, modestas pero no cabían en los dos brazos, las de él que eran sus pocos libros, además menguados porque algunos habían sido malbaratados para mitigar en algún momento el hambre, cabían en una vieja caja de puros. ¿ Qué guardaba en aquella caja cerrada con una cinta azul alrededor? Cierta vez no pude vencer mi curiosidad, me avergüenza decirlo, la caja estaba sobre su cama sin la cinta azul y él fuera en ese momento, la abrí y sólo hojeé los papeles, había recetas para hacer pan y salsas entre otros y recortes de periódico ¡ con poesías ! Una de ellas era escrita A un perrito, al que mató un automóvil que volaba sin freno......tuviste a no dudarlo una muy perra suerte, tan joven y tan bello te sorprendió la muerte.., lamento no poder recordar más, otro recorte tenía como título; El Borracho y se refería al ebrio que hacía sufrir a su familia obligado por el vicio. ¿Qué guardaba mi padre bajo su acerada coraza, qué ocultaba a los ojos de todos? No deseo ofender la memoria de tan amado varón; pero creo que confundió ternura con debilidad y se ocultó bajo la apariencia de fuerza.
 
 

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Hemos traducido esta excelente refutación de la serie "Alienigenas Ancestrales" del History Channel.
Esperamos que disfruten el material.

Este es el sitio de Javier Delgado, dedicado a todo lo que me parece interesante.
Disculpen el comercial, pero espero que visiten mi otro sitio web.

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