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Hace unos años, mi padre, Nemesio Eduardo Jaralillo,  comenzó un proyecto que tenia ya 30 años en mente, escribir sus recuerdos sobre su padre. Tal ves un día yo deba hacer lo mismo. Su relato es la historia de una familia, como somos tantas, con su recolección de penas y alegrías cotidianas que constituyen eso que llamamos vivir. No se requiere de grandes acciones heroicas, sino de las pequeñas y grandes memorias que podemos revivir y que nos hacen sentir que estamos vivos.  Entonces les dejo aquí el relato de mi padre.

Javier Delgado Rosas.


MI PADRE Y YO

por Nemesio Eduardo Delgado Jaralillo

Impresiones

La impresión más antigua que guarda mi memoria del principio de mis tiempos es de una agradable inmovilidad y de una luz que proyectaba sombras paralelas en lo alto; quizá unas vigas y la luz mortecina de una lámpara; enseguida en mi boca un líquido dulce, tibio tal vez de un biberón. Eran impresiones elementales, no había discernimiento ni juicios dentro de mi conciencia, sólo sensaciones, era un existir intemporal en el espacio cuyo límite era esa habitación., espacio que se fue ensanchando con el tiempo, porque me recuerdo caminado después por un patio donde había una jaula con conejos, cuyo pelo suave acariciaba a través de la tela de alambre, " suave", parece haber sido de mis primeras apreciaciones.

 No recuerdo cuándo aparecieron mis hermanos Alfredo y Ofelia, ni cuando fui consciente de la presencia de mi madre, pero sentía que siempre estaba alguien o algo a mi lado para abrigarme y alimentarme en el momento preciso, tendría yo unos tres o cuatro años. Alfredo llegó después como parte de mi mismo, no era una entidad separada, en cambio, mi hermana cuya presencia no recuerdo en nuestros juegos, pertenecía a otro ámbito, al de mi madre, a la que empecé a identificar como causa y origen de mi seguridad.
 

Todo ese tiempo fui como un animal que va a donde lo lleva el azar, el calor, el frío, el hambre o la curiosidad, al menos así parecía porque siempre estuve al cobijo de mi madre que era, como era mi hermano parte mía, una sola entidad, yo como centro. En ese mi existir intemporal, había un ciclo gobernado por la luz y el calor, esto es , el día con la luz solar y cuando ésta iba desapareciendo nos refugiábamos en aquella más tenue del interior de la casa, donde la actividad era más calma, donde tenía también una sensación agradable de seguridad y quietud.

 Alrededor de ese mundo confinado se movía una sombra silenciosa, a veces emitía murmullos que mi madre contestaba con susurros, una sombra que no se materializaba pero siempre activa, entraba, salía, hacía cosas pero como no interfería conmigo no llamaba mi atención. Así transcurrían los inicios primigenios de mi vida. Andando el tiempo mi conciencia fue adquiriendo información más precisa de mi alrededor, yo pertenecía a mi madre, ella ponía los límites de mis recorridos, había cosas correctas e incorrectas. Alfredo era otra entidad independiente, era agradable compartir la actividad exploratoria del mundo con él.
 

El día que nació Javier, Alfredo y yo anduvimos jugando como siempre por allí sin hacer caso de las cosas extrañas que estaban sucediendo: mi padre no había ido a trabajar, mi madre no parecía haber salido de nuestra casa, creo que nos dieron el almuerzo en otra porque cuando entramos a la nuestra, mi madre estaba sentada en la orilla del lecho, abrazaba un pequeño envoltorio de franela que me pareció limpísimo, que olía a nuevo, Ofelia recargados los codos en la orilla de la cama y la cabeza apoyada en sus pequeñas manos, observaba , nosotros nos acercamos y cuando vimos la cara del niño, éste despertó y empezó a llorar, --..un hermanito..--, dijo mi madre con voz débil. Mi padre nos dio de comer caldo de gallina que él mismo había cocinado, y galletas. Esa noche tomamos chocolate con pan y bailamos haciendo contorsiones pretendidamente cómicas, tomados de la mano Ofelia, Alfredo y yo para celebrar el acontecimiento. No se porque razón este hecho quedó tan grabado en mi memoria, ¿será que por primera vez adquiría realidad aquella figura que nos había estado rondando o por la novedad del nuevo miembro de la familia?. Era el año 1933.

 Un día, vimos con curiosidad que mis papás estaban sacando de nuestro cuarto nuestras pertenencias y las subían al automóvil, cuando terminaron de cargar todo, partimos. Mientras Alfredo y yo jugábamos en el asiento trasero, en el delantero se desarrollaba un diálogo en tono desusual, sombrío y entre las palabras escuché una que me llamó la atención: huelga , aunque me inquieté un poco seguimos con nuestros juegos. Pasábamos por un bosque cuando vi que el auto se desviaba y se internaba en él, mis hermanos y yo nos asomamos por las ventanas para ver la grama verde salpicada de unas flores blancas y moradas, y las parvadas de pájaros que volaban asustados a nuestro paso, a nosotros nos causaba regocijo aquella situación que para nuestros padres seguramente era un drama, pues había habido una huelga por lo que todos los trabajadores debían abandonar el lugar de trabajo, según me contó mi madre tiempo después. El auto se detuvo en un pequeño claro, se apeó mi padre quien poco a poco, iba adquiriendo presencia en mi.
 

Me pareció que era la primera vez que viajaba en un automóvil, aunque seguramente esto ya había sucedido con anterioridad, era una aventura y las circunstancias que la causaban me eran ajenas. Bajó mi madre que traía a Javier en su regazo, lo abrigó y acomodó sobre un gran bulto de ropa para poder ayudar a descargar nuestras pertenencias, en ese momento bajaba mi papá un costal de yute que chocó en el suelo con un sonido fuerte y sordo, a Alfredo y a mi nos llamó la atención y observamos con curiosidad lo que estaba sucediendo, el clac clac del costal al ser arrastrado nos causaba curiosidad y placer; junto a un árbol se detuvo y empezó a sacar del saco unas herramientas, escogió un hacha con largo mango de madera, con la uña probó el filo cuidadosamente y puso el metal contra el suelo, recargó el mango contra su cuerpo mientras se escupía y frotaba las manos , lo que nos causó cierta hilaridad a mi hermano y a mi., luego con ambas manos tomo el instrumento por el mango, lo blandió y empezó a dar mandobles al tronco del árbol , empezaron a saltar esquirlas por el aire y Alfredo y yo a correr tras de ellas, eran de un color amarillo muy pálido, estaban húmedas y olían a yerba, hicimos montoncillos. Cuánto tiempo duró la diversión, no lo sé; pero el ambiente se impregnó de un olor a eucalipto. Hoy cuando paso junto a uno de esos árboles, tomo un par de hojas , las trituro entre los dedos , su fragancia revive aquel momento en que descubrí a aquel ser enorme, poderoso y fuerte, que inmediatamente incorporé a mi familia: mi padre, repentinamente mi universo adquiría otra magnitud. Aquella noche dormimos en una choza tibia donde había luz y lecho mullido.

 

Descubrí que yo no era, sino que éramos; que pertenecía a un grupo, a una familia.

 Como la mayor parte del tiempo la pasábamos cerca de mi madre, mi padre salía temprano a trabajar y regresaba tarde, lo veíamos poco, aquella impresión se fue fundiendo en la rutina de juegos y correteos explorando el bosque bajo la mirada siempre vigilante de mamá y se convirtió en una figura familiar, gris.
 
Cuando terminó el problema que nos llevó al bosque, regresamos al rancho, por esa época tendría unos cinco años y fui enviado a la escuela al pueblo cercano: Tipton., cerca pasaba un autobús que recogía a los niños. Mi mamá estaba desolada porque por alguna razón yo tenía que ir sólo y abatido tuve que subirme al esteche (stage), mientras me encargaban con un niño mayor, más lo peor sucedió cuando de la mano me llevaron al grupo de kindergarden y me encontré perdido, no entendía una sola palabra de lo que me decía la maestra que me hablaba en inglés y en el grupo no había un solo niño que hablara español, entonces me tomó de la mano, me llevó a un pupitre, me dio unas hojas de papel, unos lápices de color, unas tijeras y unas instrucciones que no entendí, sólo imité a mis otros compañeros.
 

Mi padre era retraído, tímido, aunque cortés y respetuoso con todos, no era persona que entregara fácilmente su amistad, puedo asegurar que también él era respetado por quienes lo conocían, nunca oí de sus labios una palabra soez ni hacer una mala broma. Entre sus escasos amigos, recuerdo a uno en particular, don Amador Muñoz. Don Amador tenía dos niños y dos niñas, cuando el trabajo nos llevaba a estar cerca, nos visitábamos. En estos trabajos itinerantes, podía darse el caso de que en una temporada se coincidiera con el mismo patrón o con patrones vecinos. En una de esas visitas a don Amador, entre los cacharros que tenían en esa casa , había una cuba de madera con un maneral, --Échela a andar, Leobardo-- le decía don Amador a mi papá. Aunque me intrigó el detalle, por el momento preferí el juego con los otros niños sin percatarme de la actividad que se estaba desarrollando entre los adultos. Nuestro anfitrión había salido al pueblo cercano y traído hielo que despedazaron con un desarmador , nos repartieron trozos que chupamos, fue un descubrimiento inolvidable, me maravillaba ese frío intenso en la lengua y cómo se iba fundiendo en la boca. Al cabo de algún tiempo nos llamaron y nos empezaron a servir en pequeños platos una cucharada de algo que me pareció un extraño engrudo, nos repartieron cucharitas para que lo probáramos. ¡Que delicia!, mientras tanto mi madre nos explicaba, --..es nieve de vainilla.-- Cuando tomábamos aquella golosina Alfredo y yo en voz baja pero suficientemente audible, para que lo oyeran nuestros amigos nos decíamos --..la hizo mi papá--. ¡No podíamos ocultar nuestro orgullo!

El recuerdo más vivo que conservo, que me marcó profundamente y que estaba escondido debajo de impresiones posteriores , emerge en esta evocación: en algún momento de nuestra trashumancia, vivíamos en un rancho en Sacramento que tenía una huerta de duraznos, en una tienda de campaña. Esa noche, después de cenar, salió mi padre de la tienda para dar una vuelta, Alfredo y yo venciendo el temor a la obscuridad salimos tras él correteando en su derredor, mientras silbaba suavemente una tonadilla de su pueblo, avanzamos entre la sombra de los árboles proyectada por una gran luna llena, nos desconcertaba que la luna parecía seguirnos hacia donde camináramos, quizá mi hermano y yo nos alejamos más de lo prudente por distracción, el caso es que oímos un ruido entre la maleza y nos asustamos, en nuestra imaginación infantil algún maligno animal nos amenazaba, Alfredo corrió hacia mi padre, yo lo imité al reparar en su miedo, ahora caminábamos junto a él, ya no correteábamos , sólo escuchábamos su suave y tranquilo silbar. Después de recorrer un trecho tomé su mano instintivamente, echando medrosas miradas hacia atrás, la sentí rasposa, enorme, fuerte, apretando suavemente la mía, con su pulgar me frotaba el dorso, casi en ese instante me di cuenta de que nunca antes había tocado a mi padre, por respeto o por temor, y sentí un fluido suave y dulce que bajaba desde alguna parte de su interior por su brazo al mío y me agitaba el corazón , casi colgándome de él, saqué hacia adelante la cabeza para ver a mi hermano que caminaba a su izquierda, --¡mira!-- le dije agitando aquel nudo desigual, Alfredo me imitó, así emprendimos el regreso a nuestra tienda. A lo lejos la luz de la lámpara se transparentaba a través de la lona queriendo rivalizar con la luna.

 

La Leche

 

 Se borran los tiempos en mi memoria, pero en algún lugar en el que vivimos una temporada, el dueño tenía dos vacas. Como nosotros éramos cuatro niños decidió que la leche de una de ellas fuera para nosotros y no hubo manera de convencerlo de que nos bastaba una poca, así que todas las mañanas recibíamos un bote con más de diez litros según calculo hoy, imposible beber tal volumen, así que mi padre decidió fabricar queso y resultó que tampoco podíamos consumirlo todo; ni regalando a don Amador, ni como jocoque, ni como requesón fue posible engullir esa abundancia y hubo necesidad de hacer un hoyo en el patio trasero de nuestra vivienda y tirar los excedentes de leche que iban siendo mayores cada día, con el hartazgo durante un buen tiempo perdimos el gusto por los productos lácteos. Fue en esta época quizá cuando estuvimos mejor alimentados, aunque para unos niños como nosotros ese precio era muy alto, creo que hasta olíamos a becerro.
 

Por el año treinta y seis vivíamos en un lugar que se llama Earlymart, siempre en California. Cuando nos mudamos a ese lugar, entre otras cosas mi madre no tenía estufa, de hecho creo que nunca había tenido, tal vez porque siempre nuestro hogar fue una tienda de campaña, pero esta vez, teníamos una amplia habitación de madera; una vez instalados, salió mi padre y en cierto lugar de la carretera estaba un viejo auto o el caparazón de un auto que ya habíamos visto al pasar; con sus herramientas que nunca faltaron en casa, trabajó en aquella chatarra y regresó con unos grandes pedazos de lámina que luego cortó a cincel, no sé cuanto tiempo le tomó pues cuando regresamos de la escuela mi madre estaba cocinando en una estufa de leña. En son de broma entre amigos ella solía llamarle "quien todo lo sabe y todo lo puede".

 

Todos los sábados íbamos a avituallarnos a Deleno (Delano), desayunábamos jaqueques (hotcakes) o torta de huevo, una especie de tortilla española que él cocinaba, esos momentos eran de los más regocijantes porque creo yo que sabiendo que estábamos pendientes en la mesa, se lucía volteando esas tortas en la sartén arrojándolas al aire y recibiéndolas sin que nunca se le hubiera caído una, nosotros aplaudíamos. Después del desayuno se hacía el quehacer, luego nos arreglábamos con nuestras mejores galas para ir a la provisión. Cuando salíamos ya fuera de visita o como en esta caso a la ciudad, mi papa usaba sombrero, tenía un Panamá; o cachucha que estaba de moda en ese tiempo y ropa de salir. Ese día salimos a Deleno a la provisión y en el camino, a nuestra izquierda había un huerto de naranjas. -- Párese
aquí-- dijo mi madre --le voy a tomar una fotografía.--. Paró el auto y se colocó donde le indicaba mi madre que enfocaba su cámara de cajón entonces mi papá para agregarle interés a la fotografía alargó el brazo y tomó, sin arrancar uno de los frutos. Guardo aún la fotografía pero en mi mente, más nítida y presente está su figura, un hombre alto, fuerte y guapo, en ese tiempo frisaba en los cuarenta años.

 

Otro dia, llegamos de la escuela, el esteche nos dejaba a unos pasos de la casa, mi madre estaba en su lecho, mi padre empezó a poner sobre la mesa unos platos con caldo de gallina que él había cocinado y luego sacó una bolsa y ¡repartió galletas !.Nuestra casa era una sola habitación así que mientras tomaba mi caldo de gallina, buscaba la vista de mi madre que yacía en su cama, al parecer enferma o dormida, no pude dilucidarlo así que me apresuré a cenar para averiguar lo que estaba pasando, no me atrevía a preguntar a mi papá, me acerqué a mi mamá quien me vio , con voz débil dijo. --Tienen un nueva hermanita, sólo que está delicada y se quedó en el hospital…--. Unos días después trajeron a Oralia.

 

Un día al llegar a casa, vimos a mi papá sentado en el suelo con unas tiras de madera que estaba puliendo, entramos a la casa para decir a mi madre que ya habíamos llegado de la escuela besamos su mano como solíamos hacerlo siempre que llegábamos, lo mismo hacíamos con mi papá, enseguida fuimos a indagar qué maravilla se estaba gestando. Como siempre, no fui capaz de preguntar, me conformé con recoger las virutas de la madera que se desprendían al raspar con un pedazo de vidrio de una botella rota. Al día siguiente al regresar de la escuela, me dirigí a ver a mi madre para decirle que ya estaba allí, no pude evitar una exclamación de sorpresa, mi papá había construido una hermosa cuna para mi hermana.

 

Todos los lugares donde estuvimos, tenían un enorme estanque formado por un bordo de tierra donde se almacenaba el agua para riego, era llamado resevoy por los mexicanos, (reservoir en inglés) nosotros teníamos que llamarle laguna por decreto paterno. Earlymart no era la excepción, en el bordo crecían unos arbustos con unos frutos parecidos a manzanas con pulpa dura que tenían un sabor muy ácido, circunstancia que para un niño era algo más que el reto de lo prohibido. Alfredo y yo empezamos por mordisquear aquella como manzana extraña a escondidas, casi nunca lográbamos dar cuenta de una entera, no tanto por lo ácido sino por lo escaldada que nos quedaba la lengua y los labios, al pasar los días olvidamos que lo que hacíamos no estaba permitido y empezamos a hacerlo delante de mi madre, claro que no durante mucho tiempo, porque su reacción fue rápida, nos arrebató el fruto y tuvimos que mostrarle el lugar donde lo habíamos cortado, estaba furiosa pero dominando su enojo nos explicó, --Esta fruta se llama membrillo y no se debe comer porque se aguada la sangre.--,acto seguido arrancó una rama, le quitó las hojas y dando unos azotes preliminares en el suelo también nos hizo saber que esas ramas eran excelentes para castigar a lo niños desobedientes. Fue una lección inolvidable, interactiva se diría hoy.

 
 

Uno de esos días, regresábamos de la escuela, estaba mi padre junto a la estufa cocinando en una gran cazuela de peltre alguna cosa muy obscura y espesa que movía con un pedazo de madera, se desprendía mucho vapor algo dulzón, mi madre no nos explicaba lo que estaba sucediendo, sólo nos veía divertida, de pronto mi padre quitó la enorme cazuela de la estufa y la puso sobre la mesa, con el pedazo de madera depositó en su mano una pequeña porción de aquella cosa y la probó, --creo que ya está--,dijo y siguió traspaleando aquello para que se enfriara un poco, luego nos sirvió en platitos pequeñas porciones,-- pruébenlo.--. Él se quedó esperando nuestra reacción y nosotros, despacio para no quemarnos, probamos con la punta de la lengua primero, después dimos cuenta con fruición de la porción y pedimos más,
--Esto se llama cajeta de membrillo--nos dijo. Nunca antes nos había dado un explicación tan larga, --así no se nos va a aguadar la sangre-- pensé yo.

 

Al día siguiente la cajeta se había cuajado y se podía cortar, entonces sacó mi papá un pedazo de queso, cortó un pedazo de la cajeta y los comió juntos, lo que me pareció absurdo,-- revolver dulce con salado-- pensé, quizá notó mi repulsa, el caso es que me dijo que probara, yo que le temía y respetaba era incapaz de desobedecer, probé aquella combinación extraña de sabores que me resultó tan sabrosa que cuando íbamos a la escuela en el bastimento nos ponían pan con queso yo pedía a mi mamá que le pusiera algo de mermelada cuando nos acabamos la famosa cajeta. Por esta época mi papá solía cantar a Oralia cuando se iba a dormir un verso de su inspiración del que sólo recuerdo:

 

De la leche fabrican los quesos
que se comen sabrosos con miel...

 


Las travesuras

Alfredo y yo éramos compañeros de juegos y travesuras Javier tendría cuatro o cinco años, nosotros lo hacíamos víctima de nuestras trastadas. Sucedió que vino el estiaje y el nivel de la laguna bajó. Mamá nos hizo unos calzones para que pudiéramos meternos al agua que siempre nos tentaba, había muchos peces de colores, ranas y renacuajos. Bajo la vigilancia materna entramos a la laguna , chapaleamos, nadamos, nos estábamos divirtiendo como nunca. Cuando vio mi mamá que no había peligro se retiró a sus quehaceres y Alfredo y yo empezamos a molestar a mi hermanito, metimos dentro de su calzón , que tenía una robusta jareta, ranas y gusarapos. El niño lloraba de coraje o miedo del que no hicimos caso, entonces sin que nosotros pudiéramos evitarlo salió del agua con aquella carga de animalejos y fue a contarle a mamá su suerte, ella asustada le quitó el calzón y se dirigió a aquel memorable árbol del bordo y cortó una vara, nosotros ante la inminencia del castigo corrimos y nos alejamos del peligro,

--…al rato viene su papá y le voy a decir lo que hicieron--.

Cuando llegó mi padre, fue informado del sucedido y nos llamó mientras se quitaba el cinturón. Fue un tarde trágica, dos azotes a cada uno, bien calibrados y bien acomodados.

 
 

--Cuando digo bastimento, es porque así debe decirse y no lonche como dicen los pochos-- decía mi madre, esto quedó grabado en mi cerebro desde entonces, hoy inútilmente critico los barbarismos innecesarios que todos los días se van incrustando en nuestra lengua.

 

A pesar de nuestra vida itinerante y que todas nuestras pertenencias eran escasas, teníamos no pocos libros. Algunos de ellos eran para enseñarnos a leer y escribir en español, desde el Silabario de San Miguel hasta la Historia de México, pasando por La Mantilla, éstos eran pedidos a México. Mi padre guardaba los suyos; entre ellos había uno o dos formularios industriales y otro que me parece tenía como título: Evolución Humana, yo los leía a hurtadillas y sobre todo este último que me dejó para los años siguientes hondas inquietudes y desasosiego, trataba del desarrollo armónico del intelecto mediante ejercicios mentales y corporales, aconsejaba un régimen vegetariano principalmente. Por esos libros supe de personajes como Waldo Emerson, Marden y Disraeli. Además cada semana compraba La Opinión, de Los Angeles y la revista Todo, esta última traía información directa de lo que sucedía en, México, algunas veces inquietantes: la estela que había dejado lo que después supe había sido la Cristiada, del valor de Lázaro Cárdenas al desterrar a Calles, los problemas con las compañías petroleras y la amenazante segunda guerra mundial. Nunca, así lo veo ahora, mis padres se alejaron de su patria, México siempre estuvo presente al grado de que no nos era permitido hablar inglés en casa, aprendimos a escribir en español antes de hacerlo en inglés aunque fuimos a la escuela americana; estoy convencido sinceramente, que ellos clavaron en nuestro corazón una banderita tricolor.

 

Regresando a México

A los niños en ese tiempo, no se nos era permitido escuchar o intervenir en las conversaciones de los mayores a menos que se tratara de un asunto que les incumbiera, pero no sé en qué coyuntura escuché de la boca de mi padre un poema, no recuerdo si corto o largo, del cual, a pesar de haberlo escuchado una sola vez, guardo en mi mente una estrofa que llevo como divisa desde entonces:

No te espante la sombra de la noche,
el sol de otro día alumbrará tu frente
y con la espada rota del héroe vencido
se forjará la espada del valiente.

Muchos años después le pedí que me dijera todo el poema; pero ya no lo podía recordar.

 Él había nacido en una ranchería llamada La Ceja del municipio de Jerécuaro, en Guanajuato allá por 1887. Nunca pudo ir a la escuela, aprendió a leer y escribir de un anciano que le enseñó a él y otros muchachos que, sin papel ni lápiz escribían con una ramita seca en la tierra o en la piel del dorso de la mano. Muchas veces lo vi haciendo esto aún cuando tenía lo necesario. Su mamá se llamaba Josefa Camacho y su papá Nemesio Delgado, no sé gran cosa de ellos.
 

Al finalizar la revolución ,la situación del país empujó a mucha gente a la capital con la esperanza de encontrar una oportunidad de trabajo, es por esta época que aparece mi papa en la capital, quizá por 1920 hasta donde pude rastrear en fotografías y viejos fragmentos de papeles. Quizá al año siguiente conoció a mi mamá a quien desposó a mediados de febrero de 1924 cuando aún vivía su madre, mi abuela doña Guadalupe Ibarra de Jaralillo. Él se fue a los Estados Unidos para hacer unos centavos, en ese tiempo murió doña Guadalupe y mi madre lo fue a alcanzar en el El Paso, Texas, donde empezaron en 1926,su largo peregrinar de once años por la alta California.

 
 Los años de Earlymart fueron los más desahogados hasta donde un niño puede darse cuenta y juzgar, recuerdo por ejemplo más juguetes en Navidad. Cierta vez escuché de mi padre una frase inquietante en conversación con mi madre, fue a mediados de 1937: --Va a haber guerra--, ella mencionó varias veces la palabra México. Unos días después me dijo:

--Nos vamos a México, allá tenemos una casa que es de nosotros, van ustedes a conocer a sus tías y primos..--, estaba muy contenta. En esa época los ahorros logrados en los años pasados habían sido enviados a Celaya, donde una prima de mi mamá, Bruna, que allí vivía había comprado una casa para nosotros.

 Una tarde fuimos a visitar a don Amador para comunicarle la decisión que se había tomado de volver al terruño, a encontrarnos con la familia, a volver a los nuestros. Fue una visita triste, yo estaba triste. En la noche, con semblantes acongojados, salieron nuestros amigos a despedirnos, en el auto, me senté en un rincón del asiento trasero y no jugué con Alfredo durante el trayecto a casa como era costumbre, creo que las lágrimas y un nudo en la garganta me impedía moverme. Había yo descubierto un nuevo sentimiento: la sensación de ausencia contenida en palabras como nunca y para siempre.
 

 Las personas que sabían que regresábamos nos decían --Qué van a hacer a allá, no hay trabajo, nadie quiere regresar a México, ustedes son los únicos, no se vayan, se van a arrepentir-- Mis padres callaban.

Se empezó a empacar, se regaló lo que no podíamos llevar , lo delicado lo empacó mi madre en un baúl que llamábamos la petaquilla, la había acompañado no sé cuántos años, era de madera y lámina, verde con refuerzos y herraje dorados; la ropa en sábanas y cobijas amarradas con mecatillo,

 Cuando llegó el día, vino don Amador en la tarde y en su automóvil nos llevó a Deleno donde nos ayudó a subir a un tren, nos acomodaron a los niños en un asiento y los adultos en amarga y cruel mezcla de llanto y abrazos se despidieron. En mi la tristeza era compensada por la novedad, por primera vez veía un tren por dentro, los conocía por su silbido quejumbroso cuando pasaban cerca. Por dentro era para mi muy elegante, los asientos estaban forrados con terciopelo verde, en la parte superior del respaldo en el lado del pasillo los vivos de bronce remataban en una asa brillante que me parecía de oro, como el baúl de mi madre, el asiento era mullido, nunca imaginé que existiera tal comodidad y elegancia, en el fondo del vagón había un gran poster con un paisaje estilizado de montañas que decía: The Rocky Mountains Express. Hace casi setenta años de este hecho y todavía recuerdo claramente esos asientos y aquel poster.
 

Paramos mes y medio en Los Angeles donde conocí a mis padrinos quienes nos alojaron ese tiempo, con ellos estuvimos la Navidad y aquel fin de año, a principios del 38 partimos para México.

 
 Cruzamos la frontera por Nogales, donde cambiamos a un tren con los asientos de dura madera. Al pasar por Mazatlán conocí el mar desde la ventanilla del tren, paramos una noche en Guadalajara y llegamos a Celaya en una fecha que no recuerdo, tampoco recuerdo si era de día o de noche; una semana duró el recorrido desde la frontera. Para mi fue una experiencia perturbadora porque desde que cruzamos la frontera, me di cuenta que el mundo había cambiado, todo me era extraño a pesar de las pláticas y descripciones de mi madre.
 Conocimos nuestra casa, por primera vez una casa en forma y además nuestra. Era muy amplia, tenía una habitación muy grande y otra pequeña ,de construcción antigua; paredes gruesas, techos de bóveda catalana con un balcón a la calle y una cocina de construcción reciente con muros de ladrillo y techo de tejas rojas, un gran solar con un pozo, aunque el agua era salitrosa para nosotros fue una cosa curiosa; había un naranjo que no daba fruto pero cuyas hojas servían para aromáticas tisanas, también había unos cuantos huizaches. El zaguán era enorme con su descomunal cerradura y una llave de unos veinticinco centímetros, en la entrada un tambor de petróleo vacío con una frondosa "hoja elegante". Total unos seiscientos metros cuadrados; allí anidaron los sueños de mis padres y nuestros ensueños y fantasías.
 

Nuevo Mundo

 Estábamos pasmados, azorados de nuestro nuevo mundo, todo lo que se necesitaba estaba cerca, la plaza, la escuela, el centro de la ciudad , todo, y aquel trenecito de mulitas que parecía de juguete... En casa había trastos de barro, material que no conocíamos, cucharas de palo, conocimos también el molcajete y el metate, nada nos era familiar. Mientas llegaba el momento del inicio de las clases, fui a una escuelita que tenía mi tía Bruna, quien había comprado la casa mientras vivíamos en el norte; me dio ¡una pizarra y un pizarrín para mis ejercicios de escritura!. Después fuimos inscritos en la escuela del gobierno y mi padre, salió a buscar trabajo, creo que lo encontró. Mientras, nosotros estábamos ocupados en el descubrimiento del nuevo mundo.
 
 

Más tarde alguien lo convenció de instalar una curtiduría, estábamos en una zona zapatera y sería un buen negocio. Un día llegaron unos albañiles a construir unas enormes piletas en nuestro patio, para el curtido. Cuando estuvieron terminadas, el maestro curtidor que era un conocido de mi mamá revisó la instalación y ordenó unas pieles de cierto grosor y calidad para hacer suela y otras más delgadas para los cortes, eran para calzado de hombre. Se prepararon las pieles para el baño curtiente que era a base de un vegetal que llamaban cascalote, cuando se preparó el cascalote y se agregó a las pieles nuestra casa empezó a oler a excremento humano, hedor que se extendió por toda la calle, era repugnante. Ignoro cuánto duraba el proceso, pero al día siguiente no se apareció el curtidor por el lugar. Mi madre y yo fuimos a buscarlo a su casa , donde nos dijeron que andaba borracho y que no habría poder humano que lo hiciera trabajar. Llegó una semana después, dijo muy apenado que se habían pasado de curtido las pieles, pero que la suela que era para calzado de hombre podría servir para el de mujer, en fin, el negocio estaba perdido, este desastre económico consumió todos los ahorros que con tanto amor se habían atesorado.

 
 

Para aprovechar la piel se contrató a un maestro zapatero, se compraron hormas de distintos tamaños, se adquirió herramienta y se empezaron a hacer zapatos de mujer. Los sábados, a las cinco de la mañana tomábamos mi madre y yo la primera corrida de el trenecito que iba a Santa Cruz, su pueblo con un canasto de zapatos cada uno, yo iba con una cobija enredada. Era un tren de vía muy angosta que alguien había construido con el motor de un camión, los tres vagones que arrastraba eran unos cajones con ruedas, con unas tablas a lo largo como asientos con respaldo, tenía techo, pero el resto estaba al aire libre. Cuando llegábamos al pueblo, poníamos un puesto en los portales. El frío a esa hora calaba hasta el alma a pesar de la cobija que me enredaba. Instalado el puesto en los portales de Santa Cruz, mi madre iba a casa de mi tía Severina, su hermana y me traía un jarro de atole blanco y tacos de frijoles o cuitlacoche calientitos. Mientras, yo quedaba al cargo. Previamente había estudiado los precios de la mercancía. Dormíamos en casa de mi tía y al día siguiente volvíamos a poner el puesto. Si alguna vez vendimos un par, no lo tengo en la memoria, en Santa Cruz casi todo el pueblo usaba huaraches. Esos dos canastos eran más pesados al regreso porque llevaban además una carga de desesperanza. Yo era ya consciente de todo lo que estaba sucediendo y participaba de ello .

 

Todas las tardes mi papa iba al centro que estaba a unas tres cuadras de la casa, se sentaba en una banca del jardín a oír las noticias, la presidencia municipal colocaba un altavoz a un radio , como un servicio a la comunidad, uno de esos días regresó con un periódico en la mano con un titular que por lo breve me sobresaltó un poco: “Cayó Varsovia”. En conversación con mi madre esa noche, él le hizo saber que la guerra había empezado. Ella se persignó, --…sea por Dios..-- fue su único comentario.

 
 

Una vez hubo una feria en Empalme Escobedo mi padre decidió ir y por alguna razón yo lo acompañé, llevábamos el consabido par de canastos, el lugar era un pueblucho polvoriento, no tenía luz eléctrica y la feria se desarrollaba en la noche. Pusimos nuestro puesto, llevábamos un aparato de petróleo, esto es, un bote de lámina con una tapadera de rosca con una mecha para alumbrar el puesto, si vendimos algo, no recuerdo cuánto, pero el polvo y el olor del petróleo quemado todavía lo traigo en la nariz; la luz aquella me parecía fantasmal, a pesar de la alegría que seguramente imparten estas ferias. Levantamos nuestro puesto, me compró mi papá unas guayabas y cenamos un chayote hervido y un tamal. Esa noche dormimos en un mesón. La alegría de estar sólo con mi padre compensaba su doloroso mutismo, no hubo conversación.

 
 

A pesar de nuestra situación creo que nunca perdió la afición por experimentar, cierta vez lo vi manipulando sebo en una cazuela, le agregaba una solución de sosa que preparaba con un aerómetro pesalejías. Al día siguiente mi mama estaba lavando la ropa con un jabón obscuro, -Lo hizo tu papá; pero no hace buena espuma…--, observó.

 

En otra ocasión, al regresar a casa vi un enorme gato muerto que no estaba cuando íbamos de la casa a la escuela, por tanto era fresco, se veía que había sido bien cuidado por lo limpio y gordo, así que se me ocurrió que si estábamos en el negocio de la piel podíamos aprovecharlo. Con un cordón que traía en la bolsa le amarré una pata y lo arrastré hasta la casa y me atreví a decirle a mi papá mi idea. Después de unos instantes de duda, en el solar desolló el animal y sin ayuda del curtidor que ya había sido despedido curtió la piel con todo y pelo. La piel que resultó, sirvió mucho tiempo de tapete a mi mamá.

 
 

Cuando estaba cerca el colapso se vendió la casa que anidó nuestros sueños , se compró una mucho más pequeña que fue el refugio de nuestra desesperación. No duró mucho el respiro, al poco tiempo se vendería también y partimos a la Ciudad de México.

 

En México llegamos a casa de mi tía Matilde en Tacubaya, cuyo esposo trabajaba de portero en La Comisión ( de Agricultura y Fomento ), allí duramos poco, quizá por problemas con mi tía, no lo sé pero lo sospecho, nos fuimos a vivir con otra tía, la tía Isidra, que por tías no parábamos, su marido era viñero que hoy se dice pepenador, un viejo de bellas prendas humanas y simpático .

 

Mi padre por pena, vergüenza o rebeldía siempre estaba ausente en este tiempo. Fuimos inscritos en la escuela. Por medio de mi tío Tránsito, su hermano, encontró trabajoen las minas de arena de Santa Fe. Mi tío Tránsito hacía en las rocas unos barrenos de unos quince centímetros de diámetro y dos metros de profundidad. Sin más herramienta que una barreta de acero acosaba la roca por días enteros para hacer uno, luego retacaba el barreno con dinamita y la hacía estallar en enormes pedazos. Los fragmentos, que todavía eran muy grandes, eran reducidas a trozos más chicos con un marro, para que cupieran en una carretilla manual y eran transportados cuesta arriba hasta un molino para convertirlas en arena para construcción, esto hacía mi padre. Jamás le escuché una queja, ni de la situación ni de dolor en su cuerpo; su cuerpo cargado de fatiga. Muchas veces lo vi sentado en el suelo curando las llagas de sus pies, silencioso, mientras mi madre con sus ojos húmedos en voz baja me decía sin que él oyera --..mira como está tu pobre papá, para que no les suceda a ustedes, estudien, no desaprovechen.........--

 

Se encontró una "casa" a media cuadra de la escuela, tenía un cuarto de adobe con techo de lámina y un tejabán como cocina.

 
 

Todos lo días, llevábamos a mi papá su bastimento que consistía en una canasta con tacos de frijoles y un litro de agua de limón, un día mientras él comía sus tacos traté de ayudarle rompiendo una de aquellas rocas; pero eran tan duras que por más golpes de marro que le di, ésta permaneció íntegra en el mismo lugar, como si no la hubiera tocado una mosca acaso riéndose de mi, entonces preferí cargar la carretilla con arena, lo que logré, al terminar se me escapaba el corazón, no de alegría, sino por el esfuerzo. Él me dio uno de sus tacos y nada dijo.

 

La secundaria

 

Terminé la escuela primaria con excelentes calificaciones y una noche cuando dormíamos, (todos en el mismo cuarto), escuché una conversación en voz baja en que mi padre decía --...yo creo que este muchacho no va a poder ir a la secundaria este año, estamos muy mal.... no vamos a poder con los gastos....-- mi madre permaneció callada, yo sentí el corazón como el péndulo de un reloj, con grandes oscilaciones en un espacio vacío. Por primera vez le oía un comentario como ese, él estaba derrotado. Yo no dormí, mi ilusión que era estudiar se desmoronaba.

 

En este tiempo vivíamos en una vecindad a unos pasos del Observatorio Astronómico de Tacubaya. Era un sólo cuarto de adobe con una "cocina" donde no cabían tres personas de pié, tenía unos sanitarios comunes para todos los inquilinos. Los pisos eran de tierra. Creo que nunca fuimos más pobres que en esa época, considerando la conversación que había oído.

 

No sé que fuerzas cósmicas logró mover mi madre con sus silenciosas lágrimas y sus oraciones que esa mañana se paró en la calle un automóvil negro, brillante, limpio que inmediatamente fué rodeado por la chiquillería del vecindario que no osaba tocarlo. Se abrió la portezuela izquierda y se apeó un hombre de traje obscuro y corbata preguntando algo a la chamacada, uno de los niños algo le dijo señalando con el brazo extendido nuestra vivienda, entonces puse atención mientras decía intrigado mi mamá que alguien nos buscaba.

 

El hombre abrió la portezuela derecha y bajó una señora muy bien vestida. --Mamá, es la directora-- le grité, ella. mientras se secaba las manos porque estaba lavando los trastos, entrecerraba los ojos para distinguir mejor a nuestros visitantes que estaban ya a unos metros. --Buenas tardes señora Delgado, buenas tardes Nemesio cómo están…-- Bajo el brazo la señora, que era la directora de mi escuela, llevaba un bulto. Mi madre contestó el saludo con azoro y la pena de los pobres que tienen que exhibir su miseria, no teníamos siquiera una silla, había una tabla que se ponía sobre dos botes alcoholeros que llamábamos "la banca", rápidamente sacó un mantel limpio lo puso sobre la banca y les indicó que se sentaran. --No nos vamos a tardar mucho, sólo vinimos a ver qué va hacer Nemesio, ya vio usted qué buenas calificaciones sacó, tiene que ir a la secundaria, no lo abandonemos--. Enseguida le alargó el bulto a mamá, --Esto es para su primer día de clase y vamos a conseguirle una beca en la Secretaría de Educación, no lo abandonemos, no crea, nos imaginamos lo difícil que es-- luego se pusieron de pié, se despidieron y se alejaron. Mi madre a penas logró decir algo congruente y yo no podía dejar de tartamudear. No puedo menos que decir los nombres de tan magníficas personas: Angelina Castro y su esposo el licenciado José Suversa

 

Mientras los niños corrían tras el auto negro y los vecinos se cuchicheaban el chisme, nosotros entramos a nuestra vivienda y rompimos temblando de curiosidad el papel de la envoltura. Dentro había un pantalón de casimir, una camisa blanca y un sueter, yo creo que ambos teníamos un nudo en la garganta porque sin hablar mi mamá me desabotonó la camisa, me la quitó y me puso aquella hermosura, luego yo hice lo mismo con el pantalón parado sobre la cama para que no se ensuciara ,ella lloraba pero esta vez era un llanto distinto, yo diría que agridulce porque no tengo otra manera de decirlo, enseguida me puse aquel sueter y estuve quieto un momento Esa vez, lo confieso con rubor, por un momento me sentí guapo , no lo pude corroborar porque no teníamos espejo

 

Por la tarde , al regresar de su agotadora jornada, mi papá cenó y mientras esto hacía mi mamá lo enteró de lo sucedido esa tarde, la conversación fue larga como la inquietud que me avasallaba, nos retiramos a dormir y yo no sabía cuál iba ser mi suerte, fueron dos o tres días de mortal tortura. Cuando me llamó, me dijo triste: --Hijo, vas a ir a la secundaria, pero tus hermanos vienen también detrás de ti y tu papá no va poder sostener ese gasto........ se va a ir a trabajar a California porque aquí es muy....-- y no pudo contener el llanto. Mi padre se fue al norte en busca de fortuna para dar realidad a nuestros anhelos y yo fui a la secundaria

 
 

¿Cuánto tiempo estuvo lejos de nosotros?, debiera recordarlo pero la memoria se me nubla, de esto hace más de sesenta años, él se fue en el cuarenta y tres.


Nueva Casa

 

Estudié tenazmente mientras mi madre administraba el exiguo fruto de aquel sudor derramado en lejana tierra y pellizcando un poco a nuestra hambre y a nuestro vestido logró ahorrar ciento cincuenta pesos.

--Con los centavos que tengo ahorrados vamos a comprar un terrenito, con eso también nos ahorramos la renta........
-- dijo un día.

Le pregunté dónde estaban esos terrenos , me dijo que a un lado de La Villita, que valían cincuenta pesos o sea que con los ahorros y el favor de Dios alcanzaba para construir además un cuarto. El domingo siguiente fuimos a conocer los terrenos, estaban en un llano, no había calles, ni casas propiamente dichas, sólo uno que otro jacal de adobe techado con cartón, bueno, ni veredas había. No sé que pensaron mis hermanos pero yo sentí un profundo desaliento sabiendo que me faltaban ocho o nueve años para que pudiera aportar algo para aliviar la necesidad; sin embargo ese erial era nuestra única esperanza de redención. Se compraron dos terrenos, uno de ellos tenía los cuatro muros de un cuarto y estaba sin techo, se compraron láminas y Javier, Alfredo y yo lo techamos. Era otra vez espacio nuestro, cavamos un pozo para obtener agua que aunque era salitrosa servía para lavar algunos utensilios, hicimos un fosa séptica. Después de todo, desde la aventura celayense no habíamos tenido tantas comodidades.

 

El agua para beber, cocinar, lavar ropa y bañarse, estaba a unos quinientos metros, su acarreo nos correspondía a los varones, los autobuses paraban a la misma distancia. Cuando llegaron las lluvias tuvimos la experiencia que de no ser tan trágica serviría de trama a una película cómica, aquello era un lodazal, cuando uno caminaba tenía que asir el zapato, de otra manera se quedaba pegado al lodo y cuando salía de éste, la suela y el tacón traían una capa de barro de tres centímetros de espesor.

 
 

En casa tuvimos conejos que alimentábamos con alfalfa que tomábamos de un campo vecino. Un día quise hacer un negocio vendiéndolos para uso de laboratorio a mis compañeras de bioquímica. Llevé uno de mis animalitos y lo vendí a una amiga quien me platicó en que consistía la práctica de ese día, se me arrugó el alma y preferí llevármelo de regreso a casa. Un día después, en la noche, mi mamá me sirvió un guiso que era una carne enchilada cocida al vapor, .mientras me dirigía una mirada que no pude descifrar de momento, pero que no tardé en darme cuenta ¡era mi conejo! Con desaliento y frustración, lentamente empecé a comer. No se si fue el sabor o el olor del laurel y otras hierbas pues poco a poco se fueron desvaneciendo mis remordimientos, --¿y la piel?….. la voy a curtir-- dije a mamá con suficiencia. Me la señaló, estaba en la basura. La saqué del bote, la sacudí para quitarle la basura y en una tabla la estire y la clavé dejándola lista para mi técnica de curtido. Haciendo un sacrificio compré los elementos que necesitaba, hice mis mezclas y las apliqué a la piel, el proceso exigía cuatro días así que esperé el término que creo no fue suficiente quizá por la raza del animal, pensaba. A los quince días decidí suspender el proceso y desclavé la piel. Su textura me pareció la de un buñuelo sin miel. Estaba completamente tiesa, mi mamá se hacía disimulada rondando por allí. Saqué mi piel y la tiré lejos para poder olvidar el incidente.

 
 Nuestra situación siempre la tomé estoicamente, así era el mundo, nunca envidié a nadie ni culpé a otros de ella, solo sabía que no me gustaba y que la única salida era estudiar, estudiar, estudiar. Tenía una beca de doce pesos mensuales y diez y seis años
 

Mi padre regresó en el cuarenta y cinco, nos dio mucho gusto, creo que también a él, le volví a oír silbar sus viejas tonadas y cantar en voz baja sus chistosos estribillos:

 

Si Carranza volviera a este mundo
y lo hicieran otra vez general,
aseguro que no quedaría
en la tierra ningún animal.

 Para quienes no lo recuerdan o no lo saben, los carrancistas llegaban a los pueblos, los saqueaban y se llevaban no sólo los caballos sino las vacas y hasta las gallinas.

 

 A finales del cuarenta y siete empezó otra vez el tronar de dedos, los gastos de escuela eran más fuertes, yo entraba a la facultad. Desde la época en que vivíamos en Celaya decía que iba a estudiar química, este deseo se fue arraigando en la secundaria y después en la preparatoria, así que me inscribí para la carrera de ingeniería química, para entonces, mi esfuerzo había sido máximo y faltaba lo más difícil en la familia, soportar los gastos, todos mis hermanos estudiaban.

 

Decidí sostenerme por mi mismo, con otro amigo hice trabajos de carpintería, diseñé unas gradillas para tubos de ensayo y un anaquel para los reactivos de laboratorio que vendía a mis compañeros y como la escuela estaba en Tacuba, tenía que tomar dos autobuses, pero si caminaba unos tres kilómetros podía ahorrar un pasaje, esto lo hacía con mi carga de gradillas, igual que los comerciantes de la Merced hacían con sus huacales o gallinas. Las clases duraban todo el día, yo no iba a comer a casa para economizar, después hice dibujos hasta casi enceguecer, era el último jalón y había que hacer un poder, decía mi madre.

 

En mil novecientos cuarenta y ocho, aprovechando una oferta del gobierno de los Estados Unidos a mano de obra mexicana, se enganchó nuevamente mi padre.

 

Todo el tiempo que había transcurrido desde que nos mudamos a este lugar fue de ahorro, mi mamá se sacrificó sin lamentaciones ni quejas y con esas economías fue fincando no sólo una familia sólida sino los muros de nuestro hogar, con un valor y fortaleza dignos de ser ponderados. Teníamos ya dos cuartos que construyó como Dios manda, mi tío Cleto esposo de mi tía Severina, la hermana más querida de mi madre, luego mis hermanos y yo hicimos adobes y construimos una cocina como Dios nos dio a entender, y un sanitario que cubrimos con láminas. Ya estábamos rodeados de todas las modernas comodidades.

 La relación con mi padre era como lo fue siempre, escasa y seca, sin embargo, yo sentía que era por su ignorancia, no tenía arma para vencer su feroz introversión; pero yo creía adivinar algunos chispazos de luz que escapaban de su interior por alguna rendija de su expresión en una mirada o un gesto. Cada uno de nosotros tenía sus pertenencias personales, modestas pero no cabían en los dos brazos, las de él que eran sus pocos libros, además menguados porque algunos habían sido malbaratados para mitigar en algún momento el hambre, cabían en una vieja caja de puros. ¿ Qué guardaba en aquella caja cerrada con una cinta azul alrededor? Cierta vez no pude vencer mi curiosidad, me avergüenza decirlo, la caja estaba sobre su cama sin la cinta azul y él fuera en ese momento, la abrí y sólo hojeé los papeles, había recetas para hacer pan y salsas entre otros y recortes de periódico ¡ con poesías ! Una de ellas era escrita A un perrito, al que mató un automóvil que volaba sin freno......tuviste a no dudarlo una muy perra suerte, tan joven y tan bello te sorprendió la muerte.., lamento no poder recordar más, otro recorte tenía como título; El Borracho y se refería al ebrio que hacía sufrir a su familia obligado por el vicio. ¿Qué guardaba mi padre bajo su acerada coraza, qué ocultaba a los ojos de todos? No deseo ofender la memoria de tan amado varón; pero creo que confundió ternura con debilidad y se ocultó bajo la apariencia de fuerza.
 
 

 

Zapatos

En las economías de mamá no estaba previsto nada que no fuera imprescindible. Cuando se tienen dieciocho años esa línea no está bien definida, sin embargo la acatábamos, incluyendo a mi padre, cuando estaba con nosotros. Alfredo, Javier y yo usamos por muchos años el mismo modelo de zapatos, eran unos botines de minero, toscos a más no poder, de un cuero tieso y resistente, aceitado y unas suelas como de madera, cuando nuevos lastimaban el talón, afortunadamente al mes y medio ya los habíamos domado. Cuando se gastaban las suelas, naturalmente que el corte aún estaba bueno, entonces con una pata de fierro quizá herencia del antiguo negocio zapatero, los reparábamos; comprábamos un pedazo de suela la cortábamos y se la poníamos a nuestros zapatos viejos esto lo hacíamos de buen grado y con extremo cuidado para que lucieran flamantes, les encontramos la ventaja que alguna teníamos que encontrarle, de que no nos lastimarían como los nuevos lo que hasta cierto punto era gratificante. Cierta ocasión estaba yo claveteando mis zapatos y por allí pasó mi papá, yo seguí en mi negocio, al rato volvió a pasar y se detuvo frente a mi, por un momento creí que me iba a reconvenir por algo, pero me quedé mudo cuando me dijo --Toma ,compra uno zapatos que te gusten-- y me alargó unos billetes. De lo que contesté o hice no me queda más que la memoria de la sorpresa, puede ser que haya dicho "gracias", debido también a mi propia pequeña coraza. Eran mis zapatos nuevos de color café, tenían en el frente sobre el empeine, formado por el corte un pico que se repartía en una curva a cada lado y descendía hasta la suela, el talón también estaba dibujado por el corte; siguiendo el dibujo iba la costura adornada por dos líneas paralelas de agujeritos. ¡Qué diferencia de los agujerones en la suela de mis viejos botines con los agujeros pequeños, delicados y bien dispuestos de estos ....! Zapatos más cómodos, hermosos y lucidores no he vuelto a usar, estos llevaban a no dudar el cariño de mi papá.

 

Uno de mis amigos más queridos fue Guillermo que vivía en la merced, su padre había sido médico militar pero estaba retirado, era hijo único vivían modestamente en una vecindad pero sus recursos eran algo más que suficientes, siempre tenía dinero para libros cuadernos y los materiales que nos requerían los maestros. Yo, estudiaba con tesón, él no tanto, por lo cual nuestras necesidades se complementaban, muchas veces comí en su casa, y regresábamos a la escuela, algunas ocasiones me invitó al cine, lujo que nosotros no podíamos permitirnos, es posible que alguna vez mi madre le haya platicado a mi padre de mi amigo. Un día estaba yo estudiando para los exámenes de fin de año, eran días de intenso trabajo a la luz de la lámpara de petróleo porque no teníamos luz eléctrica, me vio mi padre, me preguntó qué hacía a lo que contesté mostrándole un trabajo que tenía que entregar como examen. Él se retiró. Al cabo de un rato volvió y me dio unos pesos --invita al cine a Guillermo, descansa--. Yo sabía por las que pasábamos y sabía lo que significaba para las finanzas familiares , pero reconocí uno de aquello destellos que lograban pasar su coraza.


 
 

El primer trabajo

Fue al final de mil novecientos cincuenta cuando logré entrar a trabajar como químico analista en una fábrica, el sueldo era raquítico pero era dinero al fin, tenía que hacer turnos, por lo que mi compromiso combinado con la escuela y el trabajo era incompatible, la escuela consumía todo el día y el trabajo a veces toda la noche o empalmaban, .mis horas de sueño se redujeron al mínimo y yo, físicamente insuficiente (pesaba cuarenta y ocho kilos) tenía que poder cumplir con ambos, el sueldo lo repartía daba algo a mi madre, por primera vez compré un libro y por primera vez tuve tres pantalones y tres camisas.

 

Por esta época se casó Ofelia, la preferida de mi padre, a quien como pude le compré un traje negro. A la boda asistieron nuestros amigos, entre ellos la directora de mi querida escuela de Tacubaya y el licenciado, su esposo, ese día olvidamos antiguas angustias y le hicimos a mi hermana lo que a mi me pareció una gran fiesta, hubo mole de guajolote, arroz, frijoles y bebida. Ofelia y Alfredo su esposo, hicieron un cuarto de madera en nuestro terreno mientras se establecían en algún lugar. La Navidad de ese año también fue alegre, pusimos un nacimiento, como ya teníamos luz eléctrica le pusimos foquitos de colores, nos parecía entrar a una nueva etapa, mas todavía ese año volvió a irse mi padre, a la buena de Dios, cuando escribía, a veces eran mensajes desalentadores no había trabajo, sus cartas venían de Tecate, Baja California.

 

Para mi, este era el último año de estudios y tenía temor a enfrentarme a las nuevas obligaciones que me esperaban, en esta época, la industria química en México era escasa, pobre e incipiente, algunas pequeñas empresas no podían soportar el servicio de un químico, las grandes tenían sus puestos disponibles prácticamente ocupados. Algunos de mis compañeros ya tenían una promesa de trabajo o un amigo que los recomendaría, yo carecía de esos recursos y del espíritu combativo para acometer la empresa que consiste en obtener empleo, estaba solo. Para obviar esta situación, estudié siempre para estar entre los mejores de mi grupo, me especialicé en la industria azucarera que sabía yo, tenía siempre disponibles puestos, tal vez porque esta industria , importante en ese tiempo, siempre estaba situada en regiones de clima caliente, muchas veces infernal, alejada de ciudades importantes, yo además, tenía alguna experiencia por mi trabajo actual. Sabía que si alguien me daba una oportunidad yo cumpliría con exceso, para demostrar mi disposición, sólo me faltaba estar presentable para cuando llegara el momento así que compré mi primer traje y camisa, no así corbatas que por alguna absurda razón tenía varias guardadas mi madre.

 

Un día de noviembre de mil novecientos cincuenta y dos renuncié a mi puesto de analista para preparar mis exámenes de fin de año, los últimos de mi carrera.

 
 

Como yo no trabajaba ya en ese momento, la situación volvió a ser angustiosa. Entonces en cuanto presenté mi último examen, fui al Monte de Piedad y empeñé un juego de plumas, creo que era fino porque me prestaron veintisiete pesos. En casa preparé mi ropa, me despedí de mi madre que con sus ojos llorosos me dio su bendición y un Dios te acompañe que conjuraban los peligros que me deparaba lo desconocido, yo estaba anímicamente peor pero decidido a la lucha que me correspondía librar. Esa tarde tomé un autobús a Xicoténcatl en Tamaulipas donde había un ingenio, me había dicho un amigo que ya había trabajado el año anterior, allí que aún no cubrían el puesto de químico. Sin decir agua va llegué al día siguiente avanzada la mañana y me presenté con el superintendente, un poco desconcertado me dijo que tendría que cancelar la contratación de otra persona y como yo ya estaba allí podía quedarme. Ese momento marcó el fin de una etapa de mi vida y el principio de otra, mi temor, más bien pánico a éste, se deshizo sobre mis espaldas y descansé y conocí la tranquilidad absoluta que no conocía. El trabajo era duro pero no difícil lo que no me importaba, así llego el día de quincena. Aquí el sueldo era mejor que en mi empleo anterior, entonces, aparté mis gastos que eran alimentación y lavado de ropa, no había diversiones en el lugar ni estaban en mis prioridades, otra parte la envié a mi madre y otra, con una larga carta la hice llegar a Tecate. Mi viejo ya no estaría nunca lejos de nosotros. Qué le decía en esa carta, no guardo memoria porque seguramente volqué todos mis afectos, toda la ternura que sentía por él. Ese día me volví hombre.

La Navidad y ese fin de año los pasé lejos de los míos en distancia, pero nunca tan cerca en afectos. La zafra duró algo más de tres meses, regresé a casa, vi a mi papá y le abracé largo rato su expresión melancólica los últimos años se iluminó, mi madre me abrazó con alegría y llorando dijo --! Bendito sea Dios hijo...¡.

 

A mi todavía me quedaba camino por recorrer antes de ser libre: debía titularme, mientras tenía que trabajar así que regresé a mi antiguo empleo, donde me recibieron con un modesto ascenso, allí empezó la primera etapa de mi vida profesional, Allí hice mi tesis para el examen profesional, en las dedicatorias escribí para mi padre: ...porque él me dio el sudor de muchas jornadas que encallecieron sus manos..., le di un ejemplar y un chispazo salió de sus ojos acuosos y me abrazó

 

Mi padre siempre madrugaba y se ponía a hacer algo en casa, ese día, cuando me retiraba a mi trabajo lo vi sentado en la cama y entré a despedirme, él tenía una tira larga de tela en cuyo extremo estaba atada una pequeña tabla delgada de madera a la que no presté atención, hasta que vi que tenía varias atadas a su vientre en distintos lugares y había un sitio donde seguramente faltaba la que tenía en la mano, porque tenía una protuberancia, ¡Eran las entrañas que querían escapársele!, dominando mi estupor me acerqué y le dije --Ya me voy…--, tomé su mano y la besé como lo había hecho toda la vida y salí rápidamente para reponerme del mazazo. Se había acabado en la lucha estoica silenciosa y desigual. Siempre quiso volver a trabajar, en casa escarbaba las plantas las podaba y las regaba, pero estaba inquieto esa actividad no era suficiente. Un día le compré unos pollos, alimento para aves y un bebedero para mantenerlo ocupado, no fue suficiente.

 

En este tiempo propuse a mis hermanos poner un taller mecánico industrial. El proyecto se llevó a cabo, como nosotros no podíamos atenderlo, le dimos a mi padre la tarea de abrir y cerrar el local. Se efectuó un milagro en su vida, con entusiasmo se levantaba a las cuatro de la mañana, llegaba al local a las siete, desayunaba en el mercado cercano y abría a las ocho aunque los operarios entraban hasta las nueve para él era una responsabilidad seria, como seria había sido en el pasado la responsabilidad para su familia. Del sueldo que recibía hizo algunas economías con las que compró un refrigerador para mi madre, y ropa para él. Desgraciadamente el negocio no prosperó y fue necesario cerrarlo.

 
 

Cuando tuve una posición más o menos desahogada lo llevé junto con mi madre y Oralia a su pueblo donde lo recibieron con alegría y respeto; había salido de su terruño como sesenta años antes, los parientes que le quedaban eran sobrinos, estos sobrinos, primos míos, eran para mi sorpresa unos ancianos. Se reunió alrededor lo que parecía un tribu, viejos, jóvenes y niños, llevaba regalos que no alcanzaron para todos, ellos mandaron cortar unas tunas para agasajarnos, vi a mi viejo al punto del llanto. Después de tres días fuimos a Santa Cruz, el pueblo de mi madre donde sólo le quedaba una pariente, que nos alojó, Todo el tiempo ella estuvo platicando con un primo que tenía como cien años y que había conocido a don Atanasio mi abuelo. Ellos disfrutaron creo , como nunca y yo sentí que estaba pagando la deuda que asumí hacía tanto tiempo, lo que me hacía feliz.

 

Todos fuimos dejando la casa paterna, el último que quedó fue Alfredo quién les acondicionó un departamento en la misma casa cuando se casó, para que se sintieran libres.

 

La visita a Jerécuaro y a Santa Cruz la hicimos otras veces, siempre fueron bien recibidos por sus parientes y fueron días de felicidad.

 

Al poco tiempo Alfredo vendió la casa para comprar una mejor situada y yo les busqué un lugar donde estuvieran, lo encontré. Estaba cerca de la casa de Oralia, limpio cómodo y modesto. Un día me llamaron al trabajo. Me recibió mi madre con:

--...estaba junto a la ventana, la ventana estaba abierta y le dió un aire, mira cómo le quedó la boca..--

allí estaba mi padre, sentado, no podía hablar, su mirada interrogante y triste me partió el corazón. Llevé al médico para que me diera un diagnóstico, me dijo que la deformación facial iba a ceder un poco con el tiempo y sus facultades mentales no se iban a recuperar por completo. Mi madre en un rincón era la imagen de la desesperanza. Con el tiempo se fue adaptando y aprendió a darle los cuidados que requería.

 

 

 

 


Despedida

Aquel día de julio era soleado y caluroso, pero el cielo era claro. Era pasado el medio día cuando llegué. Entré y vi a mi madre sentada en un sofá, inmóvil , silenciosa, inexpresiva, los dedos de sus manos trenzados laxamente: --..allí está dentro...-- me dijo con voz monótona. Entré a la habitación, allí estaba en su lecho con expresión tranquila, los ojos cerrados. Me senté en el borde de la cama, junto a él, tomé su mano y la besé,--ya vine papá..--, mi desasosiego me obligó a callar unos instantes, luego, aún con su mano entre las mías, y con voz que no se cómo logré emitir, hablé largamente de no sé cuántas cosas y le di las gracias por haberme dado la vida, porque nunca nos abandonó en nuestros sueños, porque había sido un varón ejemplar, le dije cuánto le admiraba y quería, mi voz quebrada se negó a salir de mi garganta, creo haber permanecido así largo rato después del cual, besé sus mejillas con esa veneración que, lamenté nunca pude expresar antes, no sé que más le dije ni cuánto tiempo más estuve allí con él..

--Dios lo acompañe papá.....--.

Volví a besar su mano y salí de la habitación, mis pies pesaban como si fueran de plomo. Me senté junto a mi madre que seguía inmóvil. Solo acertó a decirme: --…murió a las....-- , no sé qué hora me dijo porque en ese momento yo acompañaba a mi padre en otra dimensión. Era el año ochenta.

Diciembre de dos mil tres

Nemesio Delgado.

 
 

 

UNA REFLEXIÓN

Hace unos treinta años quise escribir. Escribir qué. Después de mucho meditar decidí que haría narraciones o cuentos. Pensaba que los relatos cortos serían buenos para empezar, hice un intento que resultó decepcionante: poca imaginación, vocabulario limitado, descolorido y rígido. Volví a intentarlo y un día resultó "El Cumpleaños", un pretendido cuento que desde el principio pareció una flor marchita. Pasó el tiempo y pensé que sería interesante coleccionar o reunir cuentos que se tuvieran al padre como personaje importante. Del género cuento tengo una modesta biblioteca y tal vez podía encontrar algunos. Empecé mi búsqueda y encontré El Colgado, de Ramón Rubín, y Mi Padre, de Manuel Toro, que son unas joyas y allí me detuve, me pareció que no era una labor que me llevara a alguna parte. ¿Qué trataba de lograr u obtener? Un día de diciembre del 2003, en conversación con Adriana, mi hija, sobre mi padre, tomé la determinación de poner en papel lo conversado a pesar de la estrechez de mi técnica, tal vez en el futuro, me dije, alguno de la familia se interesará y lo leerá. ¿O tenía yo una deuda pendiente?.

 

Ese mismo día empecé el manuscrito y sucedió como cuando uno abre un ropero en busca de algo, se le vienen encima en alud otras cosas que uno guardaba y había olvidado, así lo que iba a ser una semblanza se iba convirtiendo en algo mas largo y opté por abreviar mi trabajo; mientras, sentía que el pasmo y la sorpresa me invadían

 

El primer título que pensé para mi escrito fue. "Mi Padre", conforme avanzaba le agregué el "y Yo" porque en todos los hechos que relataban estabamos unidos, a pesar de que nuestra relación siempre fue dura en el sentido de no efusiva, al menos así me lo pareció, hasta entonces

 

Cuando terminé el escrito, me llevé horas meditando, recordando, re-viviendo; tres días no dormí, llegué tarde a mi trabajo, los recuerdos me rebasaron. Después recordé en febril desasosiego que cincuenta y tantos años atrás, mi madre me había regalado una caja de madera que había sido de mi abuelo, donde guardaba en otro tiempo mis papeles importantes, subí a buscarla al desván y la encontré empolvada y desclavada. La limpié y hurgué en el contenido: antiguas fotografías familiares de los años treinta, amarillentas cartas de amigos de la Universidad, ¡fórmulas para hacer cremas faciales; poesías y recortes de periódico, uno de ello titulado: El Trabajo del Padre ....¡

 

En la secundaria hice jabón y cremas, hice un escritorio donde estudié toda mi carrera, un día en el camino a la mina cuando llevaba su bastimento, recogí los frutos morados de una planta silvestre e hice tinta; y recuerdo aquel intento fallido de curtir una piel, tuve libros que se parecían mucho a aquel Evolución Humana y en mis tiempos universitarios, intenté hacer poesía:

 

Allá viene a lo largo del camino,
despacio el esqueleto de un jumento,
sobre el huesudo lomo un campesino
de un ave intenta remedar el trino,
con las pálidas notas de un lamento.
De la leche fabrican los quesos.......

No es lo mismo, pero se parece.

 

Lo que dije en Mi Padre y Yo es como lo vi, lo sentí y lo viví, probablemente mis hermanos u otros parientes tienen otra percepción de los hechos, que es igualmente válida,... éramos niños.

 

Según un documento que encontré en mi caja de madera, nació en mil ochocientos ochenta y cinco. Cuando cumplió ochenta años, para celebrar lo llevé a él y a mi madre a un restaurante donde acompañamos la comida con una botella de vino y le regalé un reloj. Aprovechando el momento le pregunté cómo había sido su época de Tecate, me contestó:
--Hacía un frío de todos los diablos y algunas veces tuve que quedarme en un rincón porque no podía pagar un cuarto; era muy difícil pasar la frontera...--, mientras, su mirada se iba perdiendo en el pasado; cambié el giro de la conversación, pero no pude evitar que acudiera a mi mente aquella tarde que partí al ingenio en Tamaulipas, sin más amparo que la bendición de mi madre, siete pesos y mis sueños.

Toda la vida estuve convencido de que yo había seguido el paradigma de mi abuelo Don Atanasio Jaralillo, tanto nos habló de él mi madre, de su inteligencia, del respeto que le dispensaban personas y autoridades de Santa Cruz, de su habilidad para organizar las fiestas de la comunidad y su hermosa caligrafía de la que guardo ejemplos. Tuvieron que transcurrir más de setenta años para encontrar con pasmo y sorpresa que había otra historia debajo de esa..

Lo dicho y lo omitido, me deja preguntas inquietantes: ¿Por qué estudié química?. ¿Por qué soy quien soy?. ¿Estuve observando a mi padre toda la vida? Creo descubrir su impronta dentro de mi, bajo mi piel, en mis huesos. Dice Ortega y Gasset: Todos, en varia medida, somos héroes y todos suscitamos en torno humildes amores. ¿Cuándo entró ese héroe legendario en mi vida y suscitó en mi esos humildes amores?. ¿sería aquella noche a la luz de la luna, paseando entre los árboles con su mano tomando la mía cuando transmitió ese misterioso efluvio que unió su espíritu con el mio?

 

 Enero 21 de 2004

Nemesio Delgado Jaralillo.

 

 

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Esperamos que disfruten el material.

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