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Mi padre y yo

Hace unos años, mi padre, Nemesio Eduardo Jaralillo,  comenzó un proyecto que tenia ya 30 años en mente, escribir sus recuerdos sobre su padre. Tal ves un día yo deba hacer lo mismo. Su relato es la historia de una familia, como somos tantas, con su recolección de penas y alegrías cotidianas que constituyen eso que llamamos vivir. No se requiere de grandes acciones heroicas, sino de las pequeñas y grandes memorias que podemos revivir y que nos hacen sentir que estamos vivos.  Entonces les dejo aquí el relato de mi padre.

Javier Delgado Rosas.


MI PADRE Y YO

por Nemesio Eduardo Delgado Jaralillo

Impresiones

La impresión más antigua que guarda mi memoria del principio de mis tiempos es de una agradable inmovilidad y de una luz que proyectaba sombras paralelas en lo alto; quizá unas vigas y la luz mortecina de una lámpara; enseguida en mi boca un líquido dulce, tibio tal vez de un biberón. Eran impresiones elementales, no había discernimiento ni juicios dentro de mi conciencia, sólo sensaciones, era un existir intemporal en el espacio cuyo límite era esa habitación., espacio que se fue ensanchando con el tiempo, porque me recuerdo caminado después por un patio donde había una jaula con conejos, cuyo pelo suave acariciaba a través de la tela de alambre, " suave", parece haber sido de mis primeras apreciaciones.

 No recuerdo cuándo aparecieron mis hermanos Alfredo y Ofelia, ni cuando fui consciente de la presencia de mi madre, pero sentía que siempre estaba alguien o algo a mi lado para abrigarme y alimentarme en el momento preciso, tendría yo unos tres o cuatro años. Alfredo llegó después como parte de mi mismo, no era una entidad separada, en cambio, mi hermana cuya presencia no recuerdo en nuestros juegos, pertenecía a otro ámbito, al de mi madre, a la que empecé a identificar como causa y origen de mi seguridad.
 

Todo ese tiempo fui como un animal que va a donde lo lleva el azar, el calor, el frío, el hambre o la curiosidad, al menos así parecía porque siempre estuve al cobijo de mi madre que era, como era mi hermano parte mía, una sola entidad, yo como centro. En ese mi existir intemporal, había un ciclo gobernado por la luz y el calor, esto es , el día con la luz solar y cuando ésta iba desapareciendo nos refugiábamos en aquella más tenue del interior de la casa, donde la actividad era más calma, donde tenía también una sensación agradable de seguridad y quietud.

 Alrededor de ese mundo confinado se movía una sombra silenciosa, a veces emitía murmullos que mi madre contestaba con susurros, una sombra que no se materializaba pero siempre activa, entraba, salía, hacía cosas pero como no interfería conmigo no llamaba mi atención. Así transcurrían los inicios primigenios de mi vida. Andando el tiempo mi conciencia fue adquiriendo información más precisa de mi alrededor, yo pertenecía a mi madre, ella ponía los límites de mis recorridos, había cosas correctas e incorrectas. Alfredo era otra entidad independiente, era agradable compartir la actividad exploratoria del mundo con él.
 

El día que nació Javier, Alfredo y yo anduvimos jugando como siempre por allí sin hacer caso de las cosas extrañas que estaban sucediendo: mi padre no había ido a trabajar, mi madre no parecía haber salido de nuestra casa, creo que nos dieron el almuerzo en otra porque cuando entramos a la nuestra, mi madre estaba sentada en la orilla del lecho, abrazaba un pequeño envoltorio de franela que me pareció limpísimo, que olía a nuevo, Ofelia recargados los codos en la orilla de la cama y la cabeza apoyada en sus pequeñas manos, observaba , nosotros nos acercamos y cuando vimos la cara del niño, éste despertó y empezó a llorar, --..un hermanito..--, dijo mi madre con voz débil. Mi padre nos dio de comer caldo de gallina que él mismo había cocinado, y galletas. Esa noche tomamos chocolate con pan y bailamos haciendo contorsiones pretendidamente cómicas, tomados de la mano Ofelia, Alfredo y yo para celebrar el acontecimiento. No se porque razón este hecho quedó tan grabado en mi memoria, ¿será que por primera vez adquiría realidad aquella figura que nos había estado rondando o por la novedad del nuevo miembro de la familia?. Era el año 1933.

 Un día, vimos con curiosidad que mis papás estaban sacando de nuestro cuarto nuestras pertenencias y las subían al automóvil, cuando terminaron de cargar todo, partimos. Mientras Alfredo y yo jugábamos en el asiento trasero, en el delantero se desarrollaba un diálogo en tono desusual, sombrío y entre las palabras escuché una que me llamó la atención: huelga , aunque me inquieté un poco seguimos con nuestros juegos. Pasábamos por un bosque cuando vi que el auto se desviaba y se internaba en él, mis hermanos y yo nos asomamos por las ventanas para ver la grama verde salpicada de unas flores blancas y moradas, y las parvadas de pájaros que volaban asustados a nuestro paso, a nosotros nos causaba regocijo aquella situación que para nuestros padres seguramente era un drama, pues había habido una huelga por lo que todos los trabajadores debían abandonar el lugar de trabajo, según me contó mi madre tiempo después. El auto se detuvo en un pequeño claro, se apeó mi padre quien poco a poco, iba adquiriendo presencia en mi.
 

Me pareció que era la primera vez que viajaba en un automóvil, aunque seguramente esto ya había sucedido con anterioridad, era una aventura y las circunstancias que la causaban me eran ajenas. Bajó mi madre que traía a Javier en su regazo, lo abrigó y acomodó sobre un gran bulto de ropa para poder ayudar a descargar nuestras pertenencias, en ese momento bajaba mi papá un costal de yute que chocó en el suelo con un sonido fuerte y sordo, a Alfredo y a mi nos llamó la atención y observamos con curiosidad lo que estaba sucediendo, el clac clac del costal al ser arrastrado nos causaba curiosidad y placer; junto a un árbol se detuvo y empezó a sacar del saco unas herramientas, escogió un hacha con largo mango de madera, con la uña probó el filo cuidadosamente y puso el metal contra el suelo, recargó el mango contra su cuerpo mientras se escupía y frotaba las manos , lo que nos causó cierta hilaridad a mi hermano y a mi., luego con ambas manos tomo el instrumento por el mango, lo blandió y empezó a dar mandobles al tronco del árbol , empezaron a saltar esquirlas por el aire y Alfredo y yo a correr tras de ellas, eran de un color amarillo muy pálido, estaban húmedas y olían a yerba, hicimos montoncillos. Cuánto tiempo duró la diversión, no lo sé; pero el ambiente se impregnó de un olor a eucalipto. Hoy cuando paso junto a uno de esos árboles, tomo un par de hojas , las trituro entre los dedos , su fragancia revive aquel momento en que descubrí a aquel ser enorme, poderoso y fuerte, que inmediatamente incorporé a mi familia: mi padre, repentinamente mi universo adquiría otra magnitud. Aquella noche dormimos en una choza tibia donde había luz y lecho mullido.

 

Descubrí que yo no era, sino que éramos; que pertenecía a un grupo, a una familia.

 Como la mayor parte del tiempo la pasábamos cerca de mi madre, mi padre salía temprano a trabajar y regresaba tarde, lo veíamos poco, aquella impresión se fue fundiendo en la rutina de juegos y correteos explorando el bosque bajo la mirada siempre vigilante de mamá y se convirtió en una figura familiar, gris.
 
Cuando terminó el problema que nos llevó al bosque, regresamos al rancho, por esa época tendría unos cinco años y fui enviado a la escuela al pueblo cercano: Tipton., cerca pasaba un autobús que recogía a los niños. Mi mamá estaba desolada porque por alguna razón yo tenía que ir sólo y abatido tuve que subirme al esteche (stage), mientras me encargaban con un niño mayor, más lo peor sucedió cuando de la mano me llevaron al grupo de kindergarden y me encontré perdido, no entendía una sola palabra de lo que me decía la maestra que me hablaba en inglés y en el grupo no había un solo niño que hablara español, entonces me tomó de la mano, me llevó a un pupitre, me dio unas hojas de papel, unos lápices de color, unas tijeras y unas instrucciones que no entendí, sólo imité a mis otros compañeros.
 

Mi padre era retraído, tímido, aunque cortés y respetuoso con todos, no era persona que entregara fácilmente su amistad, puedo asegurar que también él era respetado por quienes lo conocían, nunca oí de sus labios una palabra soez ni hacer una mala broma. Entre sus escasos amigos, recuerdo a uno en particular, don Amador Muñoz. Don Amador tenía dos niños y dos niñas, cuando el trabajo nos llevaba a estar cerca, nos visitábamos. En estos trabajos itinerantes, podía darse el caso de que en una temporada se coincidiera con el mismo patrón o con patrones vecinos. En una de esas visitas a don Amador, entre los cacharros que tenían en esa casa , había una cuba de madera con un maneral, --Échela a andar, Leobardo-- le decía don Amador a mi papá. Aunque me intrigó el detalle, por el momento preferí el juego con los otros niños sin percatarme de la actividad que se estaba desarrollando entre los adultos. Nuestro anfitrión había salido al pueblo cercano y traído hielo que despedazaron con un desarmador , nos repartieron trozos que chupamos, fue un descubrimiento inolvidable, me maravillaba ese frío intenso en la lengua y cómo se iba fundiendo en la boca. Al cabo de algún tiempo nos llamaron y nos empezaron a servir en pequeños platos una cucharada de algo que me pareció un extraño engrudo, nos repartieron cucharitas para que lo probáramos. ¡Que delicia!, mientras tanto mi madre nos explicaba, --..es nieve de vainilla.-- Cuando tomábamos aquella golosina Alfredo y yo en voz baja pero suficientemente audible, para que lo oyeran nuestros amigos nos decíamos --..la hizo mi papá--. ¡No podíamos ocultar nuestro orgullo!

El recuerdo más vivo que conservo, que me marcó profundamente y que estaba escondido debajo de impresiones posteriores , emerge en esta evocación: en algún momento de nuestra trashumancia, vivíamos en un rancho en Sacramento que tenía una huerta de duraznos, en una tienda de campaña. Esa noche, después de cenar, salió mi padre de la tienda para dar una vuelta, Alfredo y yo venciendo el temor a la obscuridad salimos tras él correteando en su derredor, mientras silbaba suavemente una tonadilla de su pueblo, avanzamos entre la sombra de los árboles proyectada por una gran luna llena, nos desconcertaba que la luna parecía seguirnos hacia donde camináramos, quizá mi hermano y yo nos alejamos más de lo prudente por distracción, el caso es que oímos un ruido entre la maleza y nos asustamos, en nuestra imaginación infantil algún maligno animal nos amenazaba, Alfredo corrió hacia mi padre, yo lo imité al reparar en su miedo, ahora caminábamos junto a él, ya no correteábamos , sólo escuchábamos su suave y tranquilo silbar. Después de recorrer un trecho tomé su mano instintivamente, echando medrosas miradas hacia atrás, la sentí rasposa, enorme, fuerte, apretando suavemente la mía, con su pulgar me frotaba el dorso, casi en ese instante me di cuenta de que nunca antes había tocado a mi padre, por respeto o por temor, y sentí un fluido suave y dulce que bajaba desde alguna parte de su interior por su brazo al mío y me agitaba el corazón , casi colgándome de él, saqué hacia adelante la cabeza para ver a mi hermano que caminaba a su izquierda, --¡mira!-- le dije agitando aquel nudo desigual, Alfredo me imitó, así emprendimos el regreso a nuestra tienda. A lo lejos la luz de la lámpara se transparentaba a través de la lona queriendo rivalizar con la luna.

 

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Hemos traducido esta excelente refutación de la serie "Alienigenas Ancestrales" del History Channel.
Esperamos que disfruten el material.

Este es el sitio de Javier Delgado, dedicado a todo lo que me parece interesante.
Disculpen el comercial, pero espero que visiten mi otro sitio web.

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